Archive for the ‘Literatura’ Category

Homenaje a Miguel Delibes

Wednesday, May 5th, 2010

El pasado 12 de marzo fue un día de luto para todos los que amamos la Literatura: Miguel Delibes Setién fallecía en su casa de Valladolid a los 89 años. Con él se iba el último grande de esa generación de la posguerra (Cela, Torrente Ballester) que tantas y tan buenas páginas dieron a nuestras letras.

Qué decir de Miguel Delibes que no diga ya su carrera literaria: Académico de la Lengua desde 1975, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Cervantes, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Literatura…La obra literaria de Miguel Delibes ha obtenido todos los galardones posibles, ha gozado del fervor popular de los lectores desde sus inicios y ha sido elogiada unánimemente por la crítica. Así, el Académico de la Lengua Luis María Ansón considera que Miguel Delibes es el mejor escritor del Siglo XX español y, junto a Miguel de Cervantes y a Benito Pérez Galdós, los tres más importantes de la Historia de la Literatura española.

Delibes comenzó su carrera literaria en 1947 con “La sombra del ciprés es alargada”, que obtuvo el Premio Nadal. Se trata de una obra de corte existencial, pesimista, distinta al devenir de sus novelas posteriores, pero en la que se aprecia ya alguna de las obsesiones que recorrerían su temática, como la niñez o la muerte.

Sin embargo, sería en 1950 con la publicación de “El camino” cuando encontraría el registro y el tono que habría de seguir a lo largo de su fecunda trayectoria literaria. Se trata, sin duda, de una de sus obras maestras, una novela ambientada en un pueblo castellano que Delibes glosa con maestría. En ella, trasluce su pasión por Castilla y el medio rural, temas predominantes a lo largo de toda su obra.

En la mayoría de sus novelas, los pueblos castellanos y sus gentes son los protagonistas, hasta el punto de que puede decirse que nadie ha retratado con mayor precisión la vida castellana, el hablar de sus habitantes, sus costumbres y estilo de vida. Es, sin duda, el Cronista de Castilla, con mayúsculas.

Si el hombre castellano es sobrio, sencillo, así lo es también su prosa: eficaz, perfectamente construida y articulada, segura, firme, seria, sin alardes. No podía ser de otra forma: su pasión castellana le lleva a interiorizar esa forma de ser y comprender la vida que se exterioriza en su prosa, en su vocabulario, en su sintaxis.

El Camino es una buena muestra de ello; posee una prosa sencilla y sobria, en la que destaca su precisión a la hora de nombrar las cosas, el magistral uso de la puntuación (especialmente de las comas) y la maestría para reproducir el habla popular castellana como nadie lo ha hecho.

Siguiendo esta línea caracterizada por lo rural, por la presencia de Castilla y de los seres que la habitan, cabe destacar “Las Ratas”, Premio de la Crítica en 1962. En esta novela, que narra la dura vida de un ratero en un pueblo de Castilla que se alimenta de ratas, el contenido social de su obra se afila, no en vano la obra es una fuerte denuncia de las miserias de la gente en Castilla. Asimismo, en esta obra destaca la oralidad y el habla popular, así como el profundo conocimiento de la naturaleza y los animales, siempre presentes en su obra.

En 1966 publica otra de sus obras maestras, “Cinco horas con Mario”. En ella, el realismo social y la denuncia de la sociedad de su época están más presentes aún, si cabe, con el añadido de que Delibes se traslada esta vez a un escenario urbano para narrar su historia. Por otro lado, esta novela está dotada de una novedosa técnica narrativa, que le inserta dentro de la corriente experimental de la época, rompiendo, de esta manera, con el estilo clásico que había desarrollado hasta el momento. Toda la novela es un largo monólogo interior de Carmen Sotillo ante el cadáver de su marido, en el que ella, ejemplo de la mentalidad cínica y burguesa de la época, reprocha a su marido, un hombre diferente, postconciliar, que desentona en la sociedad en la que vive, su actitud durante el matrimonio. De esta forma, por contraposición, Delibes deja en evidencia la mentalidad oficial de la época, denunciando las miserias de la burguesía de la época que se creía superior a los que no pensaban y actuaban como ellos.

Otra obra reseñable del escritor vallisoletano es “Los santos inocentes”, publicada en 1982. En ella, combina la denuncia social de la esclavitud a la que están sometidos los criados en el campo, con una técnica novelística experimental. Es otra de sus grandes obras, magnificada por la espléndida adaptación cinematográfica.

Su última obra fue “El hereje”, publicada en 1998. Se trata de una monumental novela ambientada en el Siglo XVI que traza la peripecia vital de Cipriano Salcedo, un próspero comerciante que se convierte al protestantismo. Excelentemente documentada y ambientada, es una novela profundamente humana, todo un canto a la libertad de conciencia y una denuncia de la intransigencia y el fanatismo.

En fin, toda la obra de Delibes sigue unas pautas comunes, como son la presencia de Castilla, de la infancia y de la muerte, así como una mirada cómplice y humana a los más desfavorecidos. Una obra sin un solo pero, constante en su calidad y que no duda en evolucionar con las corrientes literarias del momento (realismo social, experimentalismo) sin abandonar sus temas y trasfondos habituales.

Con Delibes se va uno de los grandes, una extraordinaria persona que fue capaz de elevar la prosa castellana a niveles de perfección sin igual en nuestros días.

Desde un punto de vista personal, la marcha de Delibes la siento como la despedida de un amigo. Un amigo porque después de más de 10 años leyéndole, habiendo leído gran parte de su obra, uno se sentía cómplice de la mirada y los personajes de Delibes. Cómo no recordar a Daniel, el Mochuelo, protagonista de El Camino y con en el que todos nos hemos sentido reflejados en su mirar hacia el mundo adulto; al Nini, compañero de fatigas del ratero, que mirando el cielo sabía predecir los cambios climatológicos; a Mario, hombre incomprendido al que le tocó vivir un mundo cínico y miserable que él redimía con su forma de ser; a Azarías y su “Milana, bonita”, que aún retumba en nuestro oído y en nuestra memoria; a Cipriano Salcedo, hombre coherente que le tocó vivir la negra época de nuestra historia en la que tener una creencia diferente te condenaba a la hoguera; en fin, a tantos personajes que han poblado tardes y noches de placidez y lectura, momentos de aprendizaje, de lecciones, de sabiduría que nos trasmitía Delibes por medio de sus personajes y que nos hacían reflexionar y, como él decía, echar la vista atrás para darnos cuenta de que, quizás, este mundo loco y atolondrado y mercantilizado de las ciudades no es el más humano y, probablemente, tampoco el camino que debemos seguir.

Delibes era un hombre ajeno a las polémicas, alejado de los focos, una “buena persona”, en palabras de todos los que le conocieron, calificativo difícil de ostentar en una sociedad cainita y en un mundo de envidias como el literario.

Sin él, nuestras letras se tiñen de luto. Hemos perdido a uno de los pocos referentes que nos quedaban de una literatura de calidad, a una voz sensata y humilde, a un maestro para varias generaciones que han aprendido - y aprenderán- a soñar, a pensar, a vivir, gracias a sus magistrales novelas.

Homenaje a Octavio Paz

Wednesday, August 5th, 2009

Octavio Paz, escritor y poeta mexicano ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990 (último escritor en lengua castellana en hacerlo), es uno de los referentes más importantes de las letras castellanas del Siglo XX.

Por encima de todo, destaca su obra poética, múltiple, difícil de clasificar, ya que transitó diversos géneros y estilos, desde el neomodernismo hasta la poesía existencial, pasando por el experimentalismo y la poesía social. Ante todo, es un poeta de gran hondura lírica, con unos versos en los que destacan la plasticidad y belleza de sus imágenes y su hondo lirismo. Su temática es variada, pero destaca especialmente por el tratamiento de temas existenciales, a partir de una obsesión por la soledad, la incomunicación y el paso del tiempo.

En la obra “El fuego de cada día”, fue recogiendo lo mejor de su poesía. “Libertad bajo palabra” es otra obra clave de la poesía de Paz.

A continuación reseño dos bellos poemas de Octavio Paz, para su deleite y disfrute:

Bajo tu clara sombra

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo

un cuerpo como día derramado

y noche devorada;

la luz de unos cabellos

que no apaciguan nunca

la sombra de mi tacto;

una garganta, un vientre que amanece

como el mar que se enciende

cuando toca la frente de la aurora;

unos tobillos, puentes del verano;

unos muslos nocturnos que se hunden

en la música verde de la tarde;

un pecho que se alza

y arrasa las espumas;

un cuello, sólo un cuello,

unas manos tan sólo,

unas palabras lentas que descienden

como arena caída en otra arena….

 

Esto que se me escapa,

agua y delicia obscura,

mar naciendo o muriendo;

estos labios y dientes,

estos ojos hambrientos,

me desnudan de mí

y su furiosa gracia me levanta

hasta los quietos cielos

donde vibra el instante;

la cima de los besos,

la plenitud del mundo y de sus formas.

 

Dos cuerpos

Dos cuerpos frente a frente

son a veces dos olas

y la noche es océano.

 

Dos cuerpos frente a frente

son a veces dos piedras

y la noche desierto.

 

Dos cuerpos frente a frente

son a veces raíces

en la noche enlazadas.

 

Dos cuerpos frente a frente

son a veces navajas

y la noche relámpago.

 

Dos cuerpos frente a frente

son dos astros que caen

en un cielo vacío.

Homenaje a Mario Benedetti

Monday, May 18th, 2009

Mario Benedetti, el poeta hispano más leído después de Pablo Neruda, ha fallecido en su Uruguay natal. Se nos va un escritor en todo el sentido de la palabra, un novelista genial, un afilado periodista, un profundo ensayista y, ante todo, un magistral poeta.

La obra de Benedetti es enorme, y abarca todos los géneros literarios. Por encima de todo, destaca su poesía, honda y profunda, de gran aliento lírico, de un lenguaje y composición rico a la par que sencillo, con el que conseguía una poesía accesible al pueblo, convirtiéndola, por esto mismo, en universal. Pocas personas han conseguido como él reflejar los sentimientos y anhelos del ser humano a través de construcciones perfectas que, sin embargo, destacaban por su sencillez. En palabras de Luis García Montero, “quiso elaborar una poesía en la que el lenguaje lírico no fuese distinto al vocabulario de la sociedad”.

En su prosa mostraba un gran compromiso social, cercano al realismo, pero sin descuidar un cierto experimentalismo formal y, en todo caso, rozando la perfección formal y artística.

Su poesía y sus novelas fueron traducidas a cientos de lenguas, y forman parte ya de la Historia Universal de la Literatura. De entre toda su obra, quizás la más conocida y de mayor éxito sea La Tregua, que describe la vida en Montevideo de un gris oficinista a través de un cierto experimentalismo existencial.

Se ha dicho que Benedetti es el poeta del compromiso. Así es. Destacó por su militancia de izquierda (su apoyo a la Revolución Cubana le impidió ganar el Cervantes), y eso se tradujo en una obra social que, sin embargo, no descuidaba las exigencias artísticas. Ante todo, quiso ser la voz del pueblo, y por ello su poesía sentimental y lírica es reflejo de los sentimientos de todo ser humano, que a través de sus palabras, llega a comprenderse a sí mismo.

También se aprecia la tristeza y el desgarro en su obra, especialmente a partir de su exilio de Uruguay en 1973 a causa de la Dictadura Militar. A partir de entonces, la nostalgia y la melancolía cobrarán fuerza en sus versos.

El exilio, y su posterior “desexilio” fueron hechos traúmáticos que le marcaron. Nada más abandonar, por consejo de sus amigos, Montevideo, dejando a su mujer en Uruguay al cuidado de las madres de ambos, un amigo suyo fue detenido por la Dictadura Militar y sometido a torturas con el fin de que delatara a Benedetti y diera pistas sobre su paradero. El poeta se encontró ante una grave disyuntiva vital, y finalmente optó por regresar a Montevideo, sin que eso librara a su amigo de las más terribles torturas. Después, se exilió en Cuba, y posteriormente en España, donde residió en Mallorca y Madrid antes de volver, ya con la democracia, a Uruguay para alternar entre Madrid y Montevideo el resto de su vida.

Transcribo algunas poesías de este genial escritor uruguayo, que nos ha dejado un vacío irreparable en las letras españolas. Su nombre y su obra forman ya parte de nuestra Historia, y de nuestros recuerdos.

Táctica y estrategia

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos

no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Chau número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
con tus puestas de sol
y tus amaneceres

sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro

te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota

te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía

pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono

estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
es un árbol añoso
de oscuros cabeceos

estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra

estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen

y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Te quiero

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es por sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos mi
amor, mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no esta sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Relato de Almudena Grandes

Wednesday, April 29th, 2009

Almudena Grandes es una de las mejores escritoras españolas, con una obra larga, intensa y repleta de sensaciones e historias de gran hondura, difíciles de olvidar. Sus relatos de los domingos en “El País Semanal” son una auténtica joya literaria de obligada lectura. Transcribo el publicado el pasado domingo, titulado “La sombra de un peral“.

Cuando distinguió a lo lejos la alambrada, redujo la velocidad, pero no vio nada extraño en el horizonte, aquel paisaje que podría reconstruir de memoria, con los ojos cerrados. Sin embargo, al girar a la derecha en el cruce empezó a echarlo de menos. No puede ser, murmuró, no puede ser, y puso el intermitente, se paró en el arcén, miró con más atención y no lo vio.

–¿Qué pasa? –su mujer, acostumbrada a aquel hito de desaceleración y silencio que marcaba todos sus viajes al pueblo, desde hacía tantos años, le dirigió una mirada de inquietud.

–No está –contestó él, mientras abría la puerta–. El peral no está, no lo veo.

Quizá estaban terminando los años sesenta, quizá los setenta habían empezado ya. No se acordaba con exactitud de la fecha, pero siempre recordaría aquel día en el que por fin logró traspasar con su padre las puertas de la base. Hasta aquel momento se consideraba un privilegiado sólo por ser hijo de un roteño que tenía la suerte de trabajar para los americanos. Eso era ya muy importante, porque le daba acceso a un montón de pequeñas cosas maravillosas, como las palomitas envasadas en una sartén de papel de aluminio que su madre hacía en la cocina de su casa, o la mantequilla de cacahuete que no se encontraba en las tiendas del pueblo, los bizcochos instantáneos y la ropa, cazadoras, vaqueros, gorras que le distinguían de los demás, los pobrecitos que no tenían manera de traspasar las puertas del Paraíso.

Y aquel día, él llegó a estar dentro, en el corazón de la opulencia, del poderío, de la buena vida y la mejor música del mundo sonando en todos los altavoces, y todavía más, porque le invitaron a entrar en un portaaviones y llegó hasta arriba, hasta una autopista donde le resultó imposible creer que estuviera de verdad dentro de un barco, y luego se montó en un avión, y vio aterrizar un helicóptero, y todos los americanos fueron muy amables, y ninguno dejó de sonreírle mientras mascaba chicle con mucho arte. Eso fue lo que pensó él, eso fue lo que sintió, y que era partícipe de aquella grandiosidad, aquella extranjera y sublime magnificencia, hasta que su padre le invitó a un helado, mucho mejor que cualquier helado español, adónde iba a parar, y de repente se dio cuenta de que su madre y su tía habían desaparecido.

Vamos a buscarlas, le dijo su padre, como si supiera de sobra dónde estaban, y efectivamente las encontraron enseguida, dos mujeres españolas, vestidas como las mujeres españolas, tan antiguas con sus faldas y sus zapatos de vestir, aquellas chaquetas cruzadas con los brazos debajo del pecho, allí estaban las dos, en medio del campo, llorando. Estaban llorando y él no lo entendía, lloraban en silencio, sin hacer ruido, mirando hacia delante, a un árbol como cualquier otro árbol, y a él todavía le quedaba la mitad del helado, y lo lamía, lo disfrutaba con toda la boca y no entendía nada, por qué lloraba su madre, por qué lloraba su tía, si aquello era guay, superguay, y tenían la suerte de estar en la base, allí dentro, donde todo era mejor, y más bonito, y más chulo, y más moderno, y más barato…

Ese peral lo plantó tu abuelo, le dijo su madre, sólo eso. Luego, su padre le pasó un brazo por el hombro, la condujo de nuevo hacia el coche, y volvieron a casa sin hablar. Después, mucho después, él se enteró de la verdad, del verdadero precio de aquel día fabuloso, de los helicópteros y los portaaviones, la desesperación de los hombres como su abuelo, arrendatarios de las huertas sobre las que un buen día, en un despacho de Madrid, alguien decidió colocar una base norteamericana. A los dueños de las tierras les obligaron a aceptar unas indemnizaciones que daban vergüenza. A quienes las trabajaban desde hacía décadas, ni eso, sólo la oportunidad de irse a vivir en medio de ninguna parte, a un poblado artificial, improvisado, a más de cincuenta kilómetros de Rota, sin escuela, sin alcantarillado, sin aceras, sin futuro. Su abuelo no quiso mudarse a Nueva Jarilla y se quedó con lo puesto, una mano delante y otra detrás, para que su nieto pudiera comprender, muchos años después, cómo son las cosas guay del Paraguay.

Y él sí se fue, se marchó primero cerca, después más lejos, pero nunca dejó de volver a su pueblo, y nunca dejó de quererlo, con el intenso amor que inspiran las cosas complicadas, más dignas de amor cuanto más complicadas. Y siempre, desde siempre, al llegar buscaba la sombra del peral de su abuelo como una contraseña, un indicio, otro nombre de sí mismo. Hasta hoy, porque hoy ya no está, aunque mientras él viva, piensa al volver al coche, al arrancarlo, al continuar su camino, aquel árbol nunca morirá del todo.

(Aquel peral lo plantó el abuelo de Miguel Sánchez Romero. Y de Miguel, que me regaló el relato de su euforia y de su desconcierto, es esta historia).

Homenaje a Ángel González

Friday, April 17th, 2009

Ángel González es un poeta ovetense adscrito a la Generación de los 50. Marcado por la guerra, su poesía abarca varias etapas, desde una comprometida socialmente en la que narra sus experiencias de hijo de la guerra, a otra más íntima, personal, en la que predomina un verso justo, sencillo y sensible, sin adornos pero profundamente humano. Transcribo aquí un poema de esta segunda etapa:

“Inventario de lugares propicios al amor”.

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia ( con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Juan Marsé, Premio Cervantes

Wednesday, December 3rd, 2008

Se ha hecho justicia, y en la primera edición con un jurado independiente, Juan Marsé ha ganado el Premio Cervantes. Se trata, sin duda, de uno de los mejores escritores de la segunda mitad del Siglo XX, y el máximo exponente del realismo social.

Escritor barcelonés, autodidacta (no tuvo estudios, y escribió su primera novela cuando aún era un orfebre joyero), su obra transita por unos territorios perfectamente delimitados, fruto de su experiencia personal y más concretamente, de una infancia dura y dolorosa en los barrios populares de la Barcelona de la posguerra, donde se desarrolla la  casi totalidad de su obra.

Su carrera literaria comenzará en 1961 con “Encerrados con un sólo juguete”, novela en la que ya aparece la temática que marcará su trayectoria posterior: la infancia, la dura posguerra, la hostil realidad de la época en que le tocó vivir. Sin embargo, se trata de una novela intimista, de cierto corte existencial, alejada de la corriente realista y social que desarrollaría en el resto de su obra.

La consagración le llegó con su segunda y mejor novela, “Ultimas tardes con Teresa” (1966), obra clásica de la literatura española del Siglo XX. En ella, se narran las andanzas de un charnego golfo, desarraigado y barriobajero, el célebre Pijoaparte, que consigue enamorar a Teresa, una chica progresista de la burguesía catalana, que se siente fascinada por el carácter obrero y falsamente comprometido del Pijoaparte. La novela narra los deseos de Pijoaparte de ascender en la escala social, lo que le lleva a seducir a una criada (en la antológica escena en la que después de seducirla, descubre que no es la chica rica, sino la sirvienta) con el fin de acercarse a su señora. El Pijoaparte, marginal, delincuente juvenil acostumbrado a lidiar con la dura vida del Carmelo, entra en el mundo de la “gauche divine”, encarnado por Teresa y sus amigos universitarios, hijos de ricos burgueses que juegan a ser progresistas. En la novela, dotada de un gran sarcasmo e ironía, se desmitifica a parte de esa burguesía que creía luchar contra el franquismo y estar con los obreros por discutir sobre filosofías marxistas mientras tomaban gin-tonics en los locales de moda. Por su parte, el Pijoaparte supone también una cierta crítica a esa mitificación de la clase obrera, a la que pertenecía Marsé, y que en muchos casos no buscaba sino ascender en la escala social.

La novela, espléndidamente escrita, con una gran profundidad psicológica (el Pijoaparte ha quedado como símbolo del charnego de esa época), está llena de guiños poéticos, con una prosa lírica a la par que amarga, cargada de sorna y de sordos reproches y críticas a la sociedad de la época. Una novela que pasa al imaginario de todos los lectores, cautivándolos con la fracasada historia de amor que narra (¿verdadera al final, falsamente verdadera?) y con la personalidad de unos protagonistas únicos e irrepetibles.

Su siguiente obra, “La oscura historia de la prima Montse”(1970) marca el asentamiento de los temas ya presentes en su anterior novela, y que continúan en esta, si bien en este caso el autor expresa más claramente sus críticas a la sociedad burguesa y prejuiciada de la época. Se narra la historia de amor entre una chica burguesa, culta, educada y muy religiosa y un ex-presidiario ambicioso y ateo, todo ello rodeado del trasfondo de una burguesía familiar fuertemente cuestionada, que se opone a la relación. La novela contiene técnicas experimentales de gran dificultad, con una combinación de narradores (primera persona presencial, tercera persona, primera persona referencial, incluso el autor interviene en la novela expresando sus opiniones) y alteraciones temporales que dotan de riqueza a la obra y añaden diversos puntos de vista, hasta conseguir un preciosismo formal y una riqueza técnica sin igual. Vuelve a estar presente la contraposición entre el mundo marginal y el mundo burgués, así como una clara ridiculización de ciertas actitudes religiosas y burguesas(destacando entre ellas el magnífico capítulo del retiro espiritual). Todo ello sin descuidar una prosa cuidada, en ciertos momentos melancólica, condescendente con los protagonistas y poética.

Con un Marsé ya consagrado, en 1973 publica en México, debido a la censura, la que quizás es, junto a Últimas tardes con Teresa, su mejor novela, “Si te dicen que caí”. En esta obra, “una secreta y nostálgica despedida de su infancia”, en palabras de su autor, se muestran con más claridad que nunca los temas novelísticos presentes en la narrativa de Marsé: la infancia, la dura y mísera realidad de la posguerra, la ensoñación (las “aventis”, historias inventadas por los niños) como medio de escapar a la realidad. Supone un estremecedor y amargo relato de la vida de los niños en el Guinardó de la inmediata posguerra, un barrio marcado por la miseria, el hambre, por la distinción entre vencedores y vencidos, donde los niños cuentas sus “aventis” para escapar de una realidad de la que sin embargo, no podrán dejar de impregnarse, una realidad que les marca hasta contaminar sus sueños. Como resumiría Marsé al comienzo de “El embrujo de Shangai”, “los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos”.

En “Si te dicen que caí”, calificada por algunos como un ajuste de cuentas con el franquismo, se vuelve a experimentar formalmente con la diversidad de narradores y la alteración de los espacios temporales, así como con la confusión entre realidad y fantasía. La prosa sigue conteniendo fuertes dosis de crítica, de sátira y de sorna, sin dejar de un lado esa nostalgia del futuro, esa sensación de pérdida que siempre contiene la prosa de Marsé. Se trata, al fin y al cabo, de una obra maestra de la literatura española, y quizás el máximo y mejor exponente del realismo social español del Siglo XX.

El resto de la obra de Marsé transitará, de algún modo, por estos caminos, siempre con un universo particular presente en todos sus libros: los barrios barceloneses del Guinardó, Gracia y Monte Carmelo; la presencia de niños como protagonistas; el recurso a la imaginación de esos mismos niños; el problema de la identidad (fruto a su vez de su propia historia personal de niño adoptado); el recuerdo de los cines y sus personajes (vaqueros, gángsteres, fu-manchús y mujeres fatales que pululan por la mente de los niños), de “los domingos con sesiones doble de cine, NODO y paja”, en palabras del autor; la leve distinción, en fin, entre verdad y mentira, amor y desamor, realidad e imaginación.

Sus siguientes novelas transitarían, pues, por esta senda, destacando “Un día volveré” (1982),”El embrujo de Shangai” (1993) y “Rabos de lagartija” (2000).

Una obra literaria firme y asentada, muy personal, marcada por la dura infancia y los “40 años de franquismo”, de contenido social, crítica e irónica, pero con una fuerte presencia de la nostalgia, del sentimiento, de un lirismo sin igual en las letras españolas. Una prosa que impacta al lector, una capacidad de individualización de los personajes que, a pesar del uso frecuente de un protagonista coral, consigue dar vida propia a cada uno de ellos y hacerlos formar parte de nuestro imaginario personal (cómo no recordar al Pijoaparte, a Teresa, a Montse, Sarnita o al Capitán Blay).

Se trata de uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX, con una prosa libre e independiente (no en vano tiene fama de ser el “enfant terrible” de las letras españolas, con capacidad para enfadas a tirios y troyanos, como demostró en Últimas tardes con Teresa), marcada por las vivencias personales, comprometida y dotada de gran variedad léxica y riqueza técnica y formal.

Un justo premio a una trayectoria literaria donde no hay un solo borrón, y a la que cada lector que se ha acercado, no ha podido sino salir cautivado y maravillado por la capacidad de crear personajes universales e imperecederos en mundos sumamente particulares y personales. El maestro, en fin, de toda una generación, la memoria de muchos niños que, como él, soñaban con un mundo mejor mientras corrían por las desvencijadas calles del Guinardó.

Homenaje a Augusto Monterroso

Thursday, November 27th, 2008

Inauguro con este post una serie de artículos que pretendo sean de divulgación cultural y literaria, principalmente a través de pequeños “homenajes” a genios de la Literatura. Para ello, intentaré reseñar brevemente la importancia de su obra y extractar un pasaje de la misma, a fin de dar a conocer a las grandes (y no siempre tan conocidas) figuras de la Literatura. Comienzo hoy con Augusto Monterroso.

Augusto Monterroso es un narrador y ensayista guatemalteco caracterizado por sus cuentos breves y fábulas, géneros en los que es considerado uno de los máximos especialistas de la historia de la literatura en castellano. Transcribo aquí su relato titulado “El Eclipse”:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de si mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en el una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de Sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el Sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de Fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un Sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.