La Reina ha realizado unas declaraciones a todas luces intolerables, inadmisibles por parte de quien, aunque sea en calidad de consorte, ostenta la máxima representación institucional y tiene el deber constitucional de mantenerse neutral e independiente de las posiciones políticas, ostentando en todo caso un papel moderador.
Y eso es lo que la Reina no ha hecho. Por mucho que, de forma cobarde, la Casa Real saque un comunicado matizando sus palabras (no negándolas) y diciendo que se pronunciaron en la intimidad, lo cierto es que el libro que las recoge fue supervisado por la Casa Real en su momento, por lo que no puede escurrir el bulto y echar la culpa al mensajero.
Las palabras de la Reina son un escándalo intolerable, que los españoles no deberíamos dejar pasar ni olvidar. Las declaraciones entran de lleno en el juego político, llegando al punto de criticar y cuestionar unas leyes, como la del matrimonio homosexual o la Ley de Igualdad, que fueron aprobadas por la soberanía nacional, mal que le pese a “Doña Sofía”.
Recordemos alguna de sus escandalosas declaraciones (y digo escandalosas no por el contenido, que puedo suscribir en algún caso, sino por la ofensa que supone para determinados colectivos, por la intromisión en asuntos políticos que implican y por las tonterías -por no decir otra palabra más gruesa- que dice en alguna ocasión).
“La inmensa mayoría de las familias son normales… No una comuna de gente en aluvión. O trozos de familia, los hijos de él con la primera mujer, los de ella con el marido anterior, que se pretenden juntar de un modo forzado y artificial”. Esta declaración supone un ataque en toda regla a otros modos de convivencia, muchos de ellos frutos de desgracias personales. Además, la Reina parece olvidar que su hija se encuentra en un trámite parecido, separado de su marido, con sus hijos a su cargo, a los que pone obstáculos para el contacto con su padre. O a lo mejor considera que lo normal es casarse entre primos, como tradicionalmente han hecho en las Monarquías.
“Puedo comprender, aceptar y respetar que haya personas con otra tendencia sexual, pero ¿que se sientan orgullosos por ser gays?, ¿que se suban a una carroza y salgan en manifestación? Si todos los que no somos gays saliéramos en manifestación… colapsaríamos el tráfico en todas las ciudades”. Estas declaraciones son una ofensa al colectivo homosexual, al que la Reina, dada su posición, también representa. Su incomprensión de las reivindicaciones homosexuales no me extraña, por otro lado. Y es que mientras ella tomaba el té con Franco y señora en el Palacio del Pardo, muchos homosexuales eran detenidos y torturados por el Régimen por el simple hecho de serlo, circunstancia que a lo mejor desconozca dado que sus meriendas con el Dictador no le dejaban tiempo para ello. Las manifestaciones las suelen realizar los colectivos discriminados con el fin de dar voz a sus reivindicaciones, de ahí que los gays se manifiesten. Lo que no tiene sentido es que haya manifestaciones de colectivos que no sufren ninguna discriminación ni tienen nada que reivindicar, como nos ocurre a los heterosexuales.
“Pueden estar en su derecho, o no, según las leyes de su país; pero que a eso no lo llamen matrimonio, porque no lo es. Hay muchos nombres posibles: contrato social, contrato de unión…”. Esta declaración supone una intromisión ilegítima en la vida política del país al que representa. El carácter moderador de la Monarquía, no sujeta al juego político, le impide inmiscuirse en las decisiones que tome el Parlamento, que ostenta la Soberanía Nacional. El Rey representa al Estado Español, y lo obliga a la hora de firmar tratados internacionales, por ejemplo. ¿Cómo se comprende entonces que la mismas personas que representan al Estado cuestionen las leyes que este aprueba?
¿Acaso quiere convertirse ella en legisladora y decirnos cómo se debe legislar? Es absurdo, e intolerable.
“Yo estoy por la igualdad social y jurídica entre el hombre y la mujer: igualdad de trato, de educación, de derechos, de oportunidades… Ahora bien, no somos iguales… Tendríamos que conseguir que en las leyes se plasmase esa condición diferente… Las leyes civiles no pueden ignorar las leyes naturales” Suma y sigue: otro ataque a una ley aprobada por el Parlamento, la Ley de Igualdad. Y que la Reina hable de igualdad…sobras los comentarios.
“Hoy, un republicano en España está tan fuera del contexto actual del país como… un monárquico en Francia”. Muchas gracias. Me considero republicano y no me veo fuera de contexto. Quizás lo que esté fuera de contexto sea una Monarquía en el Siglo XXI, cuando las democracias están ya asentadas. Pero no, lo más normal es que una persona acceda a la máxima jefatura institucional no por elección libre de los españoles, sino por ser hijo de su santo padre.
Las declaraciones son escandalosas e inaceptables. Vuelvo a repetir que no por su contenido, que puedo hasta refrendar en algún -escaso- punto, sino porque la Reina no puede criticar las leyes aprobadas por el Parlamento, ni posicionarse en un determinado bando ideológico, cuando se supone que nos representa a todos.
Si quiere opinar libremente, y tomar partido, lo tiene muy fácil: que su marido abdique y hagan como Simeón de Bulgaria, fundar un partido político y presentarse a las elecciones. Si no, que se calle.
Muchos defienden la libertad de expresión de la Reina, la misma que se le niega a quienes atacan la Monarquía. Por hacer una caricatura, los humoristas del Jueves fueron condenados penalmente y la revista secuestrada. Todo un ejemplo de libertad de expresión. Por no hablar de la imputación por un delito de injurias a alcaldes que critican al Rey, o que la quema de fotografías suponga un delito, cuando no es más que una salvajada y un acto de extremistas, sin más (de hecho en países como Francia o Estados Unidos, no supone un delito la quema de banderas o fotografías).
Junto a ello, la Reina puede haber creado un conflicto diplomático al criticar al Rey de Marruecos y a su padre. “Lo que pasa es que Mohamed, como antes Hassan II, su padre, cada dos por tres tiene que reclamar y protestar para que la cuestión siga abierta. Y, como gesto llamativo que deja contento al pueblo, retira a su embajador en Madrid. Pero, bueno… ya lo sabemos. No es nada bueno. Y desde luego, no nos quita el sueño”. En menudo lío nos puede meter al criticar al Jefe de Estado de un país vecino.
Por no hablar de sus declaraciones sobre Hassan II: “Es una pequeñez, pero me ponía frita con sus manías en las comidas. Venía a Madrid, invitado por nosotros a El Pardo, y se traía no sólo sus cocineros y sus pinches, sino la carne de ternera, los pollos, los quesos, las lechugas, la harina y la manteca para el cus cus. Decía: ‘Es por mi religión, no quiero infringir un precepto por inadvertencia’. Pero era que no se fiaba”. Y añade: “Es posible, en cambio, sabiendo que yo no como carne, cuando nos invitaba él me la iba encontrando en todos los platos, disfrazada y escondida en buñuelos, en croquetas, en raviolis, en el arroz, en la ensalada… ¡una pesadilla!”. Lamentables e infantiles.
Ya va siendo hora de que los españoles nos movamos un poco, que nos preguntemos si queremos seguir teniendo una Monarquía o si tenemos derecho a una República. La época de la esclavitud se acabó, y tenemos derecho a cuestionar y criticar a los reyes como a cualquier otra persona. Lo decía Iñaki Gabilondo, que la Reina asuma que si se ha metido en el juego político, lo es con todas las consecuencias, y por tanto que estará sujeta a críticas y polémicas, a ser cuestionada.
En mi opinión, es inadmisible lo que ha sucedido. Hace falta un movimiento republicano moderado e integrador que apueste por la III República. Muchos lo seguiríamos. Como decía la histórica portada de Público (enhorabuena a este periódico por el valor de ser tan directos en el cuestionamiento de la Monarquía), ya va siendo hora de decirle a la Reina, “¿Por qué no te callas?”